la muerte de la esperanza

Era noche cerrada, tanto que incluso la luna veía reducido su brillo a un triste cuarto de todo el esplendor que poseía. Ni el silencio se atrevía a agitarse demasiado por miedo a aquella oscuridad que lo inundaba todo. Tan solo un par de búhos parecían lo suficientemente valientes, o insensatos, como para romper la calma que aquella oscuridad llevaba cosida a sus faldas. Parecían estar discutiendo por algo, ululando cada uno más alto que el otro, completamente ajenos a lo que allí estaba a punto de suceder.
De la mano del silencio, y al amparo de la noche, algo comenzó a moverse en la llanura, una sombra entre un mar de oscuridad que avanzó, sigilosamente, hasta llegar a un semicírculo formado por unas cuantas piedras y algún que otro arbusto. Una vez allí se transformó en una sombra entre sombras. Nadie, a menos que tuviera el don de ver en la oscuridad, podría decir que allí hubiera algo más que no fueran piedras, arboles o arbustos teñidos de negro; y allí se quedó, inmóvil, a la espera.
Los minutos pasaron, y tras ellos se fueron corriendo las horas sin que nada cambiara en el paisaje: la llanura seguía sumida en la oscuridad más profunda. Pero la Codicia no tenía prisa, era consciente de que debía tener paciencia.
Paciencia y Codicia nunca se habían llevado demasiado bien, pero esperaba poder alcanzar una tregua con Ella, al menos durante aquella noche. Sabía que, de otra manera, sería imposible llevar a cabo el encargo para el que la Envidia la había contratado.
No tuvo que esperar mucho más antes de escuchar el primer sonido rasgar silencio y oscuridad a partes iguales, débilmente al principio, pero más fuerte y acompasado a medida que se acercaba al centro del claro. No se movió de su posición. Aun no era el momento, no estaban todas. Al primer sonido lo acompañó un segundo poco después, y en cuestión de segundos ambos sonidos se sincronizaron haciéndole creer que habían sido solo imaginaciones suyas.
La Codicia abrió el gran estuche con el que había cargado hasta aquel apartado lugar. El metal negro del cañón reflejó durante unos segundos el brillo apagado de la luna mientras sus agiles manos lo acoplaban al cuerpo del arma. La tapa de plástico que mantenía cubierta la mira telescópica saltó de su emplazamiento con un “click” inaudible más allá de sus manos. El frio tacto de la empuñadura hizo que su mano se cerrara y abriera, como saboreando esa sensación, hasta en un par de ocasiones antes de aferrarse por completo a ella. El frio siempre le había gustado, era algo innato en ella y bastante común en su forma de actuar y de vivir: el frio y la indiferencia eran “marca de la casa”. Apoyó la barbilla suavemente contra el rifle, dejando que el frio de la aleación metálica acariciara su piel, cerró uno de los ojos y acercó el otro a la mira hasta rozarla con la pestaña. El mundo, visto a través de la lente de la mira telescópica, se mostraba ahora de un color verde que ayudaría a localizar más fácilmente sus objetivos. Gracias a la visión nocturna del rifle no tardó demasiado en identificar el lugar del que provenían los ruidos que lo habían alertado y a quienes los emitían.
La primera en aparecer en el punto de mira fue la Ilusión, que caminaba despreocupada. De su mano iba la Alegría, con una sonrisa dibujada en sus labios. La Codicia no recordaba haberla visto alguna vez sin esa sonrisa colgada en la cara. A decir verdad no tenía nada personal contra aquella pareja, incluso había compartido con ellas un par de buenos momentos, siempre justo después de terminar alguno de esos encargos que le reportaban unos beneficios increíbles. Pero aquella noche no había lugar para recuerdos de barra de bar. Aquella noche estaba allí por encargo de la Envidia, y por todos era sabido que Ella se aferraba a cualquier artimaña, por rastrera o ruin que fuera, para obtener lo que quería. Era preferible no enfurecerla, la Envidia podía resultar peligrosa cuando tenía un mal día. No sería ella quien le diera motivo alguno para que así fuera.
Un nuevo sonido, similar al que producían la Alegría y la Ilusión al caminar sobre la yerba, llegó a sus oídos. Dirigió el rifle hacia el lugar del que parecían provenir y la vio. Estaba allí por Ella principalmente, aunque las otras dos eran el segundo punto del contrato. Ajustó la mira para verla más de cerca. La absoluta tranquilidad que reflejaba su rostro podría ser sinónimo de que en realidad no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba a punto de sucederle, pero la Codicia sabía que tratándose de la Esperanza aquella expresión facial era la normal.
La Esperanza caminaba hacia la Alegría y la Ilusión, apenas las separaban unos metros cuando algo silbó en la oscuridad. Las tres se quedaron quietas durante dos segundos, como hermosas piedras esculpidas en la llanura, pero al tercero la Esperanza se desplomó sobre el suelo. Poco quedaba ya de la sonrisa que siempre lucía la Alegría mientras se afanaba en tirar del brazo de la Ilusión en dirección contraria al lugar en el que yacía la Esperanza.
Al otro lado de la llanura la Codicia recargó el rifle y cambió de objetivo. Buscó a la Alegría y a la Ilusión pensando que las encontraría huyendo a toda velocidad del lugar, pero la mira telescópica no las encontró allí donde había supuesto que estarían. Retrocedió entonces lentamente hasta que dio con ellas, exactamente en el mismo sitio en el que estaban cuando la primera bala terminó con la vida de la Esperanza. Aquello la descolocó por un momento, no podía creer que fueran tan estúpidas como para quedarse en aquel lugar, como esperando al siguiente disparo. Ajustó la mira de nuevo, esta vez apuntaba a la llorosa cara de la Ilusión, que estaba de rodillas junto a la Alegría. Aun seguían cogidas de la mano.
Algo se movió a su espalda y apartó la vista de la mira para descubrir que, o quien merodeaba a su alrededor. Sentada sobre una de las piedras se encontró con la Indiferencia, con ambas manos apoyadas sobre las piernas mientras se miraba la punta de los pies. Las dos se miraron, sin decir nada, sin hacer ningún movimiento, hasta que la Indiferencia apartó la mirada hacia el punto en el que debía estar el cuerpo sin vida de la Esperanza.

– Seguro que te estás preguntando el motivo por el que no han salido                  corriendo después de ver como moría la Esperanza –su tono no dejaba            ver con qué intención lo decía-. Realmente es algo triste, aunque a ti y              a tu ama os parecerá de lo más patético –prosiguió sin hacer el más                    mínimo movimiento -. Siguen ahí porque… sin esperanza… ¿Qué nos                  queda? La Ilusión y la Alegría creen que la Esperanza es necesaria para            seguir adelante, para sobrevivir al día a día. Menudas ingenuas, si                      supieran lo bien que se vive envidiando todo lo ajeno y codiciando lo              que no se tiene… ¿verdad?

– ¿Y a ti que te importa? –contestó la Codicia sin alterarse lo más                           mínimo.

– ¿A mí? Nada –concluyó-. Yo solo pasaba por aquí…

La Codicia volvió a posar el ojo sobre la mira, y esta sobre el rostro de la Ilusión. Alargó su índice hasta notar en la yema del dedo el tacto frio del gatillo y disparó. “Ingenuas”. La caída de la Ilusión fue más breve que la de la Esperanza. Recargó el fusil de nuevo, apuntó y disparó por tercera vez para hacer que la Alegría se reuniera con las otras dos. “Ingenuas” volvió a repetir.

 


SIN LA ESPERANZA DE LAS ILUSIONES NUNCA EXPERIMENTAREMOS LAS MAS PURA DE LAS ALEGRÍAS.
DA IGUAL QUE LA ENVIDIA DE LA ORDEN, O QUE LA CODICIA APRIETE EL GATILLO: LA INDIFERENCIA SOLO PASA DE LARGO.

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